1746 – 1788

La obra arquitectónica que cierra la ampliación de la Capilla, fue la portada de los pies, terminada en 1766. En la misma, junto al San José con el Niño en los brazos, ya comentado, se completaba, en las hornacinas del primer cuerpo, con las esculturas de San Joaquín y San Teodoro o San Jasón. Ante un intento de robo, recientemente ambas figuras han sido depositadas en la sacristía. En su lugar, se ha colocado una copia de San Joaquín y una Santa Ana con la Virgen niña, obras modernas del escultor sevillano Jesús Curquejo Murillo. Se completa la portada con los medallones, que flanquean la hornacina del ático, con los relieves de San Hermenegildo y San Fernando y, sobre ésta, el de San Juanito.

Cuatro años antes, en 1762, se comienza el retablo mayor, concluyéndose el mismo año que la portada en 1766. Tradicionalmente, la máquina arquitectónica, ha sido atribuida indistintamente a los entalladores Cayetano de Acosta y Julián Jiménez, si bien, los últimos estudios, la consideran una obra en colaboración.

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Normalmente es al primero al que se le ha considerado autor de las esculturas, aunque recientemente, se le asignan al escultor Benito de Hita y Castillo las esculturas de los santos Juanes y los relieves de Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena, que flanquean el sagrario; San Sebastián y Santiago, sobre las esculturas de los Juanes y Santo Domingo y San Francisco de Asís, junto con el Padre Eterno, del ático. En cambio, la Inmaculada, bajo la hornacina principal, está conectada con los modelos de Cristóbal Ramos. El conjunto de las esculturas y los angelotes, que revolotean por el retablo, fueron encarnadas y policromadas por el pintor Vicente Alanís, entre 1777 y 1778.

DSC_0014Como era normal en la época, la última actuación sobre el retablo fue su dorado, ejecutado por Francisco de Morales y José Rodríguez entre 1780 y 1788. Por los mismos años ser realizarían los dos retablos tribunas de los brazos del crucero, con las vitrinas laterales, aunque el de la epístola está muy retocado por los estragos del incendio de 1931. En ellos aparecen los altorelieves de Santa Catalina de Alejandría, San Leandro y San Joaquín, en el del evangelio, y Santa Bárbara, San Isidoro y Santa Ana, en el de la epístola. Los artistas que los realizaron permanecen aún en el anonimato, aunque documentalmente, los encarnados y las policromías de los relieves corrieron a cargo de Vicente de Alanís.

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Las posibles esculturas originales, conservadas in situ, son el Transito de San José, asistido por la Cristo y María, en el evangelio, y el Nacimiento, en la epístola, conectados con el estilo delicado y detallista de Cristóbal Ramos.

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Estos elementos están perfectamente integrados con el conjunto de pinturas que decoran este espacio. Las murales, que cubren las bóvedas del transepto, consistían en una representación de ángeles, querubines y arcángeles, siendo solo reconocible, en la del brazo del evangelio, el San Rafael con Tobías de la mano. El resto se encuentran muy perdidas, especialmente las de la epístola, donde prácticamente no queda nada como consecuencia del incendio de 1931. En la bóveda cupulada, entre las innumerables lagunas y suciedad, se observan la impronta de otros arcángeles, a penas reconocibles. Junto a éstas, en las pechinas, pilastras y arcos que sirven de soporte a la bóveda central, se disponen una serie de medallones, realizados al óleo sobre lienzo y, posteriormente, pegados al muro. En las pechinas, las más próximas a la nave, están ocupadas por rosas y flores y, las del altar mayor, por San José y la Virgen María. En los arcos, compendio de la devoción popular de la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVIII, aparecen, en el de la entrada al crucero, de izquierda a derecha, Santa Justa o Santa Rufina; San Nicolás de Bari; San Antonio de Padua; San Pedro; Santiago el Menor; el Espíritu Santo; San Andrés; San Juan Evangelista, San Vicente Ferrer; San Bruno y Santa Rufina o Santa Justa. En el Evangelio, ¿San Pedro Nolasco?; ¿San Fulgencio?; San Ignacio de Loyola; San Matías; Santo Tomás; cabezas de querubines; San Mateo; San Felipe; San Bernardo de Claraval; Santa Catalina de Siena y Santo Tomás de Aquino. En el arco triunfal de la capilla mayor, San Isidoro de Sevilla; Santa Librada; San Fernando, San Agustín; San Gregorio Magno; (blanco); San Jerónimo y San Ambrosio de Milán; San Jacinto; Santa Inés y ¿San Leandro?. En el de la epístola, el más afectado por el incendio, solo se pueden identificar, en el arco, a San Bartolomé y a Cristo en la última cena. En los cuatro arcos, entre los santos, se disponen cartelas con inscripciones, cruces y cabezas de angelotes. Entre los posibles autores, a espera de nuevos estudios, las pinturas murales se relacionan con el estilo de uno de los seguidores de Domingo Martínez, Juan de Espinal en colaboración con Vicente Alanís, al que se atribuyen también las pinturas en lienzo.

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